Duelo en la cumbre del volcán

Ein Län­der­spiel mal anders: Auch am Rande eines gua­te­mal­te­ki­schen Vul­kan­kra­ters kom­mu­ni­ziert man am ein­fachs­ten mit einem Ball. Simon Haux doku­men­tierte eine span­nende Begeg­nung. (deut­sche Über­set­zung)

A las quince horas, Juan hace su ent­rada en la can­cha y depo­sita su machete en el suelo, junto a las pis­to­las de sus com­pañe­ros. El ata sus pes­a­das botas de cuero, enci­ende un cigar­rillo. Los hom­bres aca­ban de ser des­a­fia­dos a un duelo.

Noso­tros, los pro­vo­ca­do­res, ven­imos de la lejana capi­tal, de la emba­jada de Ale­ma­nia en la Ciu­dad de Gua­te­mala, dónde esta­mos tra­ba­jando. Una excur­sión nos dejó aquí, en un esce­na­rio espec­ta­cu­lar: unos 1500 metros sobre el nivel del mar, en la cum­bre del volcán extin­guido Ipala. Hoy en día, su crá­ter gigante alberga un lago azul oscuro. El pue­blito de unas diez casi­tas en su orilla par­ece tan tran­quilo, pací­fico y soño­li­ento que ni el impre­sio­nante arse­nal de armas de nue­stros anfi­trio­nes puede meno­sca­bar el ambi­ente de vacaciones.

Simon Haux in Guatemala

Simon Haux in Guatemala

Pasando por la aldea en camino hacia el lago, encon­tra­mos un solo kiosquito, ofre­ci­endo nada más que Coca-Cola, chi­cles y papi­tas. El ven­de­dor dor­mita en una silla de jar­dín. De facto no hay ningún indi­cio de cual­quier activi­dad econó­mica en todo el pue­blo: nin­gu­nas insti­tu­cio­nes turísti­cas, nin­guna tierra de cul­tivo. Unos hom­bres en la flor de sus vidas jue­gan a las car­tas, un niño ahuy­enta unos de los pocos pol­los escar­bando en el suelo pol­vo­ri­ento. No se aclara cómo este pue­blo se gana el sus­tento. Ni siquiera sabe­mos si tiene un nom­bre. No par­ece importar mucho.

Juan se dirige a mi, la colilla deja­da­mente sujet­ada en la comi­sura de los labios. Es un hom­bre pequeño y vigo­roso. Debe tener treinta y tan­tos años, pero su cara se ve más vieja. Pro­bable­mente nunca ha con­o­cido otra parte de Gua­te­mala. Y todos los sába­dos está aquí en la can­cha, con los otros hom­bres que pre­fie­ren el fút­bol a las car­tas. Me est­recha la mano y me preg­unta: “¿Son grin­gos?” Respondo nega­ti­va­mente y se lo aclaro. ¿Ale­ma­nia? Su cara se des­peja un poquito, susurra algo de Mer­ce­des y Mat­thäus, yo asi­ento con la cabeza, él son­ría. Nos enten­de­mos. Se nota el hecho de que huéspe­des tan exóti­cos por aquí no son obser­va­dos con mucha frecuencia.

Pero otra vez es el fút­bol que rompe el hielo y con­tri­buye al enten­di­mi­ento entre los pue­b­los. En ter­reno fra­goso comi­enza un encu­en­tro amis­toso de mediana cali­dad fut­bolística, pero gran inten­si­dad. Pese al cal­z­ado poco pro­fe­sio­nal de todos los juga­do­res, se des­ar­rolla un part­ido con muchos goles y de mucho sus­pense. Durante el juego, incluso se jun­tan un par de espec­ta­do­res: unos niños, dos per­ros y hasta un pollo se atreve a acer­carse a la can­cha. En el fondo brilla el lago, unos reses se refre­scan en el agua clara.

En este momento, los titu­la­res de los meses pasa­dos que toda­vía tuvimos en la mente subi­endo al volcán, los asal­tos a gru­pos de turis­tas, a excur­sio­nis­tas y a camio­ne­tas, están lejí­si­mos, hasta que uno de los juga­do­res toma la pala­bra: “El pró­ximo gol gana. Debe­rían de volver a su auto y lle­gar a la ciu­dad antes del atar­de­cer.” Poco des­pués, Juan sella nue­s­tra der­rota con el tiro decisivo, su cigar­rillo toda­vía en la mano. Luego de posar para una foto de grupo, los luga­re­ños vic­to­rio­sos se des­pi­den cor­tes­mente, reco­gen sus armas y desa­pa­re­cen. Cuando empren­de­mos el descenso, solo los reses nos miran una última vez, dis­frutando de la tran­qui­li­dad restablecida.

Simon Haux stu­diert Poli­tik­wis­sen­schaft und war zwei Monate lang Prak­ti­kant in der deut­schen Bot­schaft in Guatemala-Stadt.

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